Mi Madre por Tarwe Hrossdottir

Mi Madre por Tarwe Hrossdottir

Mi Madre

por Tarwe Hrossdottir

Hoy es el Día Internacional de la Mujer y sí, como muchos, yo también voy a escribir sobre este tema. Pero este año no voy a hacerlo desde la visión intelectual de alguien que analiza la situación del género femenino; este año voy a hablar sobre mi madre.

Mi madre es una figura difícil para mí. Siempre estuvo a mi lado, me dio amor, me supe querida, pero su presencia siempre fue de alguna forma un misterio. La recuerdo inconforme con la vida por las injusticias que la rodearon, injusticias como las que cualquiera de nosotros puede pasar, pero que en ella determinaron cada uno de sus días y hasta su muerte.

Es gracias a ella que tengo un mínimo de familiares, una tía y un tío solteros muy mayores de edad que me quieren mucho mientras esté alejada de ellos, que me creen ignorante por ser pagana y una freak por no gustarme las corridas de toros para las que todas las temporadas compran abonos. Pero me aman, aun así me aman y fueron ellos los que pagaron mis estudios de Arqueología.

De la familia de mi padre no conocí a nadie, no sé ni dónde viven, ni cuántos son, ni sus nombres, solo lo tuve a él hasta los 11 años en que falleció.

 

Mis recuerdos maternos

Obviamente mis recuerdos maternos se corresponden a todo el tiempo en que mi madre y mi padre estuvieron juntos, y durante esa vida no hay recuerdos felices de ellos dos. No están registrados en mi memoria, y las fotos tampoco los guardaron si es que existieron en algún momento. No hay peleas tampoco, más bien es algo parecido a la cordialidad. No existen los besos, las palabras de amor, el deseo, la vida en común, solo la coincidencia de dos personas a las que quizás las unía una hija que criar.

Hace dos años fui a la casa en la que mi madre y su familia crecieron, a mi fogón primero, al hogar de mi abuela para la que fui su nieta consentida, y de allí mi marido se robó afortunadamente –porque esa es la palabra- un paquete de fotos de mi mamá que yo no había visto. Fue como encontrar algunas de las piezas del rompecabezas de mi vida, pero también del de mi linaje femenino.

Allí pude conocer a otra Carmina, como le decía su familia, una chica joven, feliz, inteligente, trabajadora, vivaz, hermosa, tremendamente hermosa a la que quizás la vida le regaló por un tiempo la oportunidad de ser plenamente feliz. Es muy desconcertante ver a mi madre feliz, es tan extraño ver en esas fotos a una mujer tan diferente de la que yo conocí, de la que recuerdo, de la que aprendí a no querer ser como ella que me arranca las lágrimas.

La madre que yo pude tener en estas fotos, estaba enamorada de un hombre que no es mi padre. Y puedo sentir que lo amaba con ese amor que solo la juventud y la primavera pueden dar; es un amor sensual, devocional, esos que buscan estar todo el tiempo juntos, y esconderse a toda hora y besarse en todo momento y tomarse de la mano en cada paso. Es un amor de esos que no se olvidan con el tiempo, por el contrario, crecen y se alimentan con la ausencia y la separación, y taladran cada mañana con la melancolía de un pasado que nunca fue, pero que solo existe por la ausencia de lo cotidiano.

Mi Madre por Tarwe Hrossdottir

Esta es la clave para mi

Cuando cambio de foto y la veo de joven con mi padre, hay algo en su rostro, o más bien no hay nada. No hay expresión, ni siquiera dureza, ni agonía, solo nada.

Yo amé a mi padre, lo amé profundamente porque era yo su princesa, su “kuki”, pero ese amor es mío y lo digo con lágrimas. En momentos así, se debe de aprender a amar por separado a los padres y no buscando una teoría de conjuntos en la que uno es el centro de todo. Aquí solo fuimos él y yo, y mi madre. Mi madre enamorada, desilusionada al punto de la anorexia, agradecida, indiferente ante la infidelidad, quizás hasta agradecida nuevamente, vacía, desprovista ya de corazón, con un hijo muerto durante el nacimiento y después conmigo, la ilusión que esperaría llenara todos sus días, pero que no bastó.

Y no me duele escribirlo, por el contrario, encontrar a mi madre así, saber que en algún momento de su vida fue profundamente feliz, encontrar una razón para su autismo emocional es reconfortante, es pacificador. Siempre pensé que odiaba a todo y a todos, pero hoy descubrí que no fue así: no los odiaba, solo es que permitió que sus emociones se hundieran en el fondo del mar gélido y nunca más pudo recuperarlas, a pesar de sus intentos.

 

Mi madre amo y fue amada

Me da mucho gusto saber que mi madre amó y fue amada intensamente, y así es como hoy elijo recordarla. Quizás la de esas fotos no fue mi madre, pero yo quiero que lo sea. Quizás el de esas fotos no fue mi padre, o lo fue en realidad, quién puede saberlo con tantos misterios, pero tampoco me importa. No puedo quererlo como si lo fuera porque nunca lo conocí –como tampoco conocí a esa mujer a la que parece estar adorando- pero le agradezco haber puesto en ella una sonrisa y haberme regalado a mí la oportunidad de conocer a la mujer que una vez fue.

Y uno fantasea y se busca parecido con él, busco mis ojos en los suyos, mi nariz, busco mi historia oculta en alguien que no tengo ni idea quién es, ni hasta dónde llegó en la vida de mi madre, queriendo quizás ser el producto de un amor así y no de lo que verdaderamente se es. Y lo haces porque el vacío busca ser llenado, porque los huecos piden piezas que cuadren con sus faltantes: ¿por qué se separaron? ¿cómo se conocieron? ¿el hijo que perdió mi madre era de él? ¿por qué tanto silencio si no hay un secreto que ocultar? ¿estaban comprometidos? ¿mi madre volvió a saber de él? ¿mi padre supo de él? ¿cómo era? ¿qué le gustaba a mi mamá de él?

 

Mi Madre

 

Hoy vivimos otra época, y algunos hemos elegido ser expresivos con el amor que sentimos hacia los demás. Decimos “te quiero” frecuentemente, nos besamos, nos tomamos de la mano, hablamos de cómo nos conocimos y nos reímos con las historias que les contamos a nuestros hijos del tiempo en que éramos novios. Yo jamás escuché a mis padres hablar de eso, mi madre nunca me habló de la menstruación, de cómo tratar con los hombres, de la relación con su familia, de sus novios, del origen de su tristeza…y yo nunca se lo pregunté. Su dolor era tan profundo y tan suyo que hacerlo hubiera sido como una operación a corazón abierto sin anestesia en medio de una plaza pública.

Quizá me hubieras enseñado una gran lección, mamá. Quizá yo tendría una plática que recordar, un momento que uniera nuestra memoria como madre e hija, y que la enlazara a mi abuela también sufriente, y a todas las mujeres de mi familia que no conocí. Pero hoy he aprendido a escucharte desde tus fotos de antes de mi padre, de mi hermano muerto y de mi, a reconstruir tu historia como un sabueso del tiempo.

 

Mi madre y yo éramos muy diferentes

Yo no soy como ella, eso quizás fue lo que acabó de hundir su corazón. Soy una calca de mi padre: físicamente, intelectualmente, en tipo de sangre, en signo zodiacal, en forma de ser y eso le dolía mucho. Ella falleció de cáncer de seno, decidió no tratarse y decírnoslo mucho tiempo después de que se lo detectaron, pero jamás sintió dolor. Hoy, con estas fotos entiendo por qué. Su cuerpo guardó la memoria de cada vivencia, pero su corazón ya no estaba en su lugar, no puede doler algo que no se posee: puede matar el cuerpo, pero no el alma. A esa mujer, cuando murió no le lloré, lloré por su forma de ser muchas veces mientras vivía y cuando falleció se terminó para ambas un camino kármico en el cada una debía aprender algo. El destino se encargó de mantener juntos por la fuerza nuestros hilos de vida, hasta el punto de asfixiarnos la una a la otra, por eso era mejor estar separadas.

A esta mujer, a la Carmina de las fotos hoy le he llorado. A la mujer que amó, a la que se entregó totalmente sin importar el resultado, la que fue objeto de admiración de un hombre, de sus palabras cariñosas y dulces guardadas detrás de una foto y un recuerdo, porque fue por algo que la amó. Porque hubo una época en que mi madre no fue una mujer triste, ni delgada, sino una gran persona en la que alguien vio a una mujer maravillosa…y yo también la veo así. ¡Gracias Mamá!

 

A esta mujer, a la Carmina de las fotos hoy le he llorado. A la mujer que amó, a la que se entregó totalmente sin importar el resultado, la que fue objeto de admiración de un hombre, de sus palabras cariñosas y dulces guardadas detrás de una foto y un recuerdo, porque fue por algo que la amó.

 

 


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Por Sac. Tarwe Hrossdottir

 

La época de oscuridad nos pone a reflexionar sobre el eterno conflicto entre la vida y la muerte.

Muchas personas le temen a este proceso, le temen tanto que evitan hablar de él, que tocan madera cada vez que alguien hace una referencia sobre su propia muerte o que peor aún, sancionan a quien se burla de ese momento.

Criarse en las tradiciones paganas nos enseña que la muerte es lo único que tenemos seguro, nuestra vida puede cambiar hacia rumbos que nunca sospechamos, pero si tenemos una certeza, tan solo una, es que el momento de morir nos llegará inevitablemente.

Algunos de nosotros solemos nombrar a ese evento: trascender. ¿Pero cuál es la diferencia entre morir y trascender? Quizás allí se encuentra una de las razones por las cuáles podemos sentir paz cuando pensamos en la muerte.

Morir está relacionado con el fin de las funciones biológicas de un organismo, el acto de morir es estéril, parco, contundente.

Por otra parte, Trascender se refiere a ir más allá.

Cuando un ser trasciende solamente muere una parte de él, la parte física, pero otras partes quedan como legado e incluso, según la creencia de cada uno, se liberan para ir a lugares a los cuáles no podemos acceder con una presencia material.

Inclusive sin creer en ninguna espiritualidad, el trascender implica dejar un sendero en el que cada uno de los pasos le añade una enseñanza al mundo. Por eso es tan importante hablar y pensar en la muerte, porque si no lo hacemos corremos el riesgo de vivir una existencia cotidiana, terrenal y vacía, llena de faltantes, harta de rutinas diarias en las cuáles solamente cuenta el hoy, sin pensar en el mañana.

¿Realmente hemos pensado en el momento de nuestra muerte? Un excelente ejercicio es hacer a un lado las telarañas mentales y visualizar los últimos instantes de vida que tengamos. ¿Quiénes están allí? ¿Estoy en mi casa? ¿En casa de alguien más? ¿Estoy en un hospital? ¿De qué causas estoy muriendo? ¿Cómo me siento? ¿Cómo se expresan los demás de mí? ¿Dejé en orden mis asuntos? ¿Cuál me gustaría que fuera la última escena de la película de mi vida?

Respondernos estas preguntas nos hará reflexionar sobre nuestra vida actual, sobre lo que vivimos día a día y sobre lo que estamos construyendo a futuro.

Así, pensar en la muerte es realmente pensar en la vida.

Es darnos la oportunidad de entender que aquello a lo que más le tememos es lo único seguro que puede definir nuestro rumbo presente.

Vivir el día a día es valioso, porque uno nunca sabe cuándo va a llegar el momento de decir adiós, pero también puede convertirse en un escape de la realidad, para evadir tomar decisiones que cambien el rumbo actual de nuestra vida y la sacudan desde la raíz. ¿Es tu vida hoy lo suficientemente robusta como para poder vivirse en dos tiempos a la vez? ¿Cómo para fijarte en el paso que estás dando y planear también el que darás?

La vida es demasiado valiosa como para no darle importancia: a través de ella aprendemos, gozamos y experimentamos sensaciones que se imprimen en la historia personal sí, pero también en las historias de todos aquellos que tocamos. Podemos ser egoístas y vivir dejándonos llevar por la marea comunal, pero si pensamos por un momento en los demás, en nuestros hijos, en los padres, en la pareja, en los sobrinos, nietos y amigos, entonces quizás el pensamiento de la muerte en vez de asustarnos se vuelva una reconfortante mirada hacia un desenlace feliz.

¿Cómo te gustaría morir? Tranquilamente, decimos todos.

Pero te has preguntado ¿cómo puedes llegar a esto? Si bien hay cosas que no dependen de nosotros, la mayoría de ellas si lo hacen, y dependen de que hagamos bien las cosas en los 30, 60 u 80 años anteriores a estar en una cama de hospital rodeados de tubos.

Definitivamente no puedo dejar a un lado que un pesero me pase por encima, pero en lo que a mí respecta, habré dejado en orden mi vida, mis emociones y mi legado. La gente que amo sabrá que fue amada por mí, tendrán un lugar donde enterrarme y les habré dejado un hogar donde vivir, tendrán a su disposición lo que les enseñé y podrán recordar los consejos que les di, se reirán de nuestros momentos divertidos y cuando piensen en mi lo harán con una sonrisa en la boca. Hasta los que me odiaron podrán decir algo bueno de mi persona si es que viví y luché con honor.

Yo espero que el árbol del que surgí siga creciendo, que sus raíces sigan sanas y que siga dando frutos y ramas prósperas. Y que así como Pacal, mi vientre siga fecundo a través de las eras, contribuyendo con mis pequeños pasos a que el generoso Árbol Cósmico siga nutriendo a generaciones y generaciones. Yo no le temo a la muerte porque estoy segura de que si hay algo después, podré pasar el pesado de mi alma con alegría; y si no lo hay, habré sido feliz en este planeta y habré hecho felices a unos cuántos más.

Yo no quiero que me lloren, quiero que mi muerte sea congruente con mi vida. Quiero que me velen entre risas, música y comida, quiero tener cerca el olor del sahumador, que la habitación se llene de calderos llenos de semillas y que sobre mi cuerpo reposen las espadas de mis hermanos en señal de honor.  Quiero que mis perros anden por ahí, que alguien diga algo lindo que arranque unas cuántas lágrimas y  que después pongan unas de esas buenas rolas para morir, eso es todo.

Ojalá que el día que me vaya sea una tarde soleada con los amigos, que nadie calle a los niños gritando y que al día siguiente el mundo se despierte como si nada hubiera pasado…

¿Y ustedes qué quieren?

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